por Raúl Alonso

Sorprendido por su equivocación, el empresario volvió a marcar la extensión 122 de su secretaria desde el teléfono de su mesa. De nuevo José Luis, su director de Expansión, respondió solícito al otro lado de la línea. El empresario tuvo que disculparse una vez más por el error y de inmediato marcó la 176. “Seguro que Enrique puede explicarme qué le pasa a la centralita”, musitó. Pero por cuarta vez fue José Luis quien descolgó. Enfurecido, el empresario se levantó a buscar a su responsable de mantenimiento, pero al salir del despacho se quedó bloqueado: en lugar de llegar al escritorio de su secretaria, se había desplazado hasta el despacho de José Luis. Bloqueado por el insólito suceso, sólo pudo balbucear una disculpa y volver sobre sus pasos.

El empresario estaba desconcertado: marcara el número que marcara, contestaba José Luis; fuera donde fuera, siempre se topaba con José Luis. Desde que hacía casi 20 años, cuando empezó una aventura empresarial que le había llevado a levantar una red de franquicia con casi 70 tiendas, José Luis estaba allí. Era consciente de que una buena parte de su éxito se la debía a su extrovertido escudero pero ¿qué estaba pasando?, ¿había que cambiar algo?

“Demasiadas tensiones”, pensó. Tras meditar unos minutos decidió tomarse el día libre. De inmediato marcó el número de su mujer desde su móvil particular: “¿Qué es lo que quieres, Rodrigo, que no dejas de rondarme sin decirme nada?”, espetó de nuevo su director de Expansión. Rodrigo, el empresario, colgó. Estaba alucinado.

A los pocos segundos José Luis se presentó en su despacho sin previo anuncio: “¿Te encuentras bien?, ¿quieres decirme qué te pasa?”, preguntó sin ocultar su alarma.

Sin meditar, el empresario empezó a hablar y cuanto más hablaba más sereno se encontraba: “¿Verdad, José Luis, que estos tres años de crisis se ha reducido la red en más de un 30%?”. El director de Expansión confirmó con un rígido movimiento de cuello. El empresario se animó: “Se han salvado las tiendas que realmente generaban negocio”. Nueva contorsión de cuello de su empleado. “Estoy pensando que estos meses tan duros sí nos van a servir. Nos van a servir para no volver a abrir una unidad sin el pleno convencimiento de su viabilidad; sin la plena convicción de la capacidad y entrega del franquiciado; porque ya hemos aprendido que la cercanía entre tiendas sí canibaliza el negocio de las unidades más próximas, que los alquileres desmedidos peligran la viabilidad de las tiendas y los cierres pasan factura a la marca. Por fin hemos aprendido lo que siempre supimos: tu equipo de Expansión es el motor de la empresa pero la gasolina la pone el de Ventas”.

El empresario estaba ya completamente relajado, en presencia de su director de Expansión convocó una reunión para el día siguiente con la directora de franquicia y su jefe de producto: “Hay que dar un empujón al negocio desde cada uno de los mostradores de nuestras tiendas. Hay que crecer desde dentro”, repitió hasta tres veces.

Cuando se quedó solo sintió que algo había cambiado, que todo tiene explicación. El empresario cogió su teléfono y llamó a su mujer para tomarse el día libre. Esta vez sí fue ella quien respondió a su llamada.