Por Mario Rubio

Hace unos días en un interminable atasco sonaba en la radio una canción de Mecano cuyo estribillo entonaba… “perdido en mi habitación sin saber qué hacer,…”.

Me vino a la cabeza una situación vivida en el polígono cercano a la oficina, donde un autónomo desesperado y deprimido, con escasos estudios suplidos con sacrificio, esfuerzos y privaciones, me contaba que se encerraba en su despacho a oscuras sin encontrar solución y salida a su problemática que era la falta de formación y financiación para reestructurar su negocio, así como la imposibilidad de cobrar facturas pendientes.

Reflexioné sobre lo escuchado y confirmé que las cosas no cuestan su valor, sino que valen el valor que les damos en cada momento.

Nuestra sociedad no ha dado valor a un inmenso y numeroso entramado empresarial tejido durante años por pequeños autónomos con enorme esfuerzo, permitiendo que las tropelías de los gobernantes estén causando su desaparición, sin ser conscientes que dicho tejido tardará en reproducirse.

Nadie que no sea empresario sabe lo que cuesta crear un equipo y una organización, que el pedido sea hecho y embalado correctamente en el almacén, que lleve el albarán correspondiente, la expedición de la factura, su cobro, la búsqueda y la atención del cliente…

Siempre he tenido la utopía que el Ministro de Sanidad fuera un médico, el de las Fuerzas Armadas un militar, el de Fomento un ingeniero, individuos preparados y con competencia demostrada, pero la triste realidad es la existencia de una estructura organizativa que corrompe el sistema, llegando al actual panorama de las fuerzas políticas que nos gobiernan disparatadamente salvando sus intereses primeramente y luego el del resto de los ciudadanos.

Me quedé pensando en la amargura de aquellos que viven situaciones parecidas a la del señor del principio, que llegan a casa avergonzados de contar a la familia su incapacidad para encontrar soluciones, su preocupación por comunicarles nuevas privaciones, su soledad social…

Al llegar a la mesa de mi oficina abrí el correo y encontré uno con el nuevo modelo de emprendedor creado por nuestros gobernantes y nuestra sociedad bajo la bandera de valores de falsa solidaridad:

“Somos cuatro en mi familia. Matrimonio y dos hijos en edad de ir al Instituto. Vivíamos en la ciudad y solo trabajaba uno de nosotros. Al mes entraban en casa 1.100 euros. Nos hablaron del PER y pensando en ello decidimos vender el piso e irnos a un pueblo cuyo Alcalde era un amigo de mis tiempos juveniles. Hablé con mi amigo, vendimos el piso de la capital, de 3 dormitorios, por 245.000 euros. Compramos en el pueblo un trozo de finca de aproximadamente unas dos hectáreas de regadío y una casa de cuatro dormitorios. Todo ello nos costó 205.000 euros. Arreglamos todos los papeles con la ayuda de nuestro conocido el alcalde y nos apuntamos mi esposa y yo al PER. Empezamos a recibir cada uno 600 euros x 2 = 1.200 euros al mes. Sin trabajar. Más de lo que ganaba al mes en la ciudad trabajando. Al tener con el PER todo el tiempo libre pude dedicarme a hacerlo en nuestra finca, en donde incluso teníamos animales domésticos. De la finca empezamos a sacar dos cosechas anuales por un importe aproximado de 4.500 euros en cada cosecha. Eso sí, el trabajo lo hacíamos entre los dos, sin ayuda exterior y, claro está, sin pagar a la Seguridad social, ni impuestos, ya que éramos “pobres” obreros parados acogidos al PER y a nosotros no nos molestan (ellos sólo van a por los que realmente trabajan y producen, para que nos den su dinero y podamos seguir con el cuento). Al final del año el ingreso de la familia se multiplicó. ¡La crisis es para los demás!.

¡Ah!, como oficialmente somos pobres, pobres, nos han dado becas para los niños y los tenemos en la ciudad con los abuelos estudiando. Cuando terminen los estudios, como ya serán mayores de edad, si no se colocan, nos los traeremos al pueblo y los apuntaremos al PER hasta que se coloquen: otros 1.200 euros al mes, y así sin problemas gracias.”


¡Qué cada uno de nosotros saque sus conclusiones!

Esto no puede seguir así, tengo la esperanza que nos despertemos de esta pesadilla, viendo el camino de salida de esta crisis en emprender negocios y empresas ante la interminable espera de un puesto de trabajo.

En esta situación, la franquicia tiene mucho que decir, presentándose como una verdadera oportunidad.