El tenista Rafael Nadal

Por Mario Rubio

En tiempos de crisis la picaresca resurge siempre con fuerza o se hace notar más. Cómo está de moda hablar de memoria histórica, no viene mal releer el Lazarillo de Tormes y ver que algunas cosas no cambian y permanecen perennes como el bronce en el tiempo.

Algunas entidades financieras, aprovechando la figura de reconocidos y meritorios deportistas, admirados por la mayoría de nosotros, lanzan campañas para captar nuevos clientes aun a costa de utilizar prácticas absolutamente legales pero de dudosa moralidad por no decir amorales. En otras ocasiones utilizan los colores de nuestros equipos de fútbol, con el mismo objetivo y finalidad.

Con la imagen del deportista que admiras o del club que eres socio, lanzan atractivos mensajes publicitarios que el incauto o torpe -como yo en este caso-, aceptamos sin leer la letra pequeña, aunque esto no signifique que el error esté en la pequeña y no en la grande, por lo que recomiendo leer las dos.

De siempre, he seguido la norma de no hablar de religión, política y fútbol en público, como también he dicho siempre que hay tres lenguajes universales, el inglés, el amor y el fútbol, pero en este caso voy a dejar claro que soy socio del Madrid, a pesar de tener un hijo que juega en la cantera del Atleti.

Os pongo un ejemplo que a mi me ha ocurrido, a principio de esta nueva temporada. Como en años anteriores recibí de Banesto la atractiva oferta de financiar los abonos de fútbol de la temporada sin intereses si me abría una cuenta y una tarjeta de crédito sin coste anual. ¡Qué oportunidad! ¡qué chollo!, pago todos los meses sin intereses los abonos y además, no doy explicaciones a la familia sobre el dineral que cuestan las aficiones.

Hasta aquí todo fantástico. Como primer paso abro la cuenta corriente en una sucursal de un pueblo de Cáceres, cuyo director es un familiar. Y cometo el primer error al no mirar los costes de mantenimiento de la cuenta.

Desde el mes de Julio, ingreso en una fecha determinada el importe de la cuota financiada para dicho ocio y que días después vencerá.

Mi sorpresa se produce este mes. Recibo una llamada en la que me comunican que estoy en descubierto en setenta euros y, puesto que me vence ese día la cuota mensual, calcule el importe a ingresar.

¿Qué había ocurrido? una cosa muy simple. El mes anterior después de realizar el ingreso para el pago de la cuota de la tarjeta, el banco me cargó sus gastos de mantenimiento de la cuenta por lo que al cargar la tarjeta de crédito quedó en descubierto en un saldo de un euro y medio. Automáticamente y de acuerdo a las condiciones que, torpemente y cegado, había firmado de la tarjeta, esto me genera un gasto de demora de 35 euros.

Pero aquí no finaliza la historia: “¡Cuánto más largos tiempos más beneficios!”. Como ya estamos dentro de otra cuota, añadimos otros 35 euros, en total 70.

Explicación en la oficina: “son las condiciones, le hemos mandado un extracto desde Cáceres, si correos no funciona bien,…”

Se imaginan, ¿qué pensaría un cliente si al acudir a su bar habitual le cobran 70 euros porque se olvidó de pagar uno?, o ¿si lo mismo le ocurriera a un ama de casa que acudiera a la panadería?. Seguro que el panadero no se atrevería, ni se le pasaría por la cabeza, semejante abuso, ya que al ser autónomo, además de tener una salud de hierro, sin derecho a caer enfermo, tiene algo que vale mucho mas, “honestidad”.

¿Qué dirían Rafa Nadal o Alfredo Diestefano si supieran al juego que con su imagen juegan otros?