Por Eduardo A. Tormo

Reproduzco literalmente el capítulo 32 del libro “Tambor: El mundo según Gonzalo Artiach”. Lo suscribo íntegramente.
Ahí va:

Estamos asistiendo a la terrible revolución de los mediocres. Basta con leer los curriculum vitae de los hombres que iniciaron la andadura del sistema de libertades y compararlos con los expedientes de los actuales protagonistas.

Los primeros vinieron con un espíritu de servicio al país; nuestra Constitución es obra de ellos. Hoy en día, muchos de los que se dedican a la política se sirven del puesto para vivir mejor. Y alguno de ellos, contento con su nuevo estatus, anima a familiares a que se unan al asunto y se dediquen a la vida pública. Todo consiste en que alguien le ayude a uno a colocarse en un buen lugar en las listas electorales.

Es triste ver que, cuando muchos ciudadanos no encuentran empleo, sus señorías –que gozan de retribuciones y otras ventajas salariales muy superiores a la media– practiquen de manera frecuente el absentismo laboral en forma de ausencias en el Parlamento y en comisiones de trabajo.

En un momento en el que la clase política no está bien valorada, ver el hemiciclo vacio (excepto cuando está la televisión) es muestra de la falta de sensibilidad que sus señorías tienen hacía los ciudadanos que los han elegido. Su actitud es un insulto para el resto de españoles. Cualquiera que tenga un empleo sabe que ha de acudir diaria y puntualmente a su puesto laboral, y los que no lo tienen los buscan con disciplina y esfuerzo.

Si al dedicarse uno a la vida pública se perciben unos emolumentos superiores a los percibidos en el sector privado, es lógico y humano que todo el mundo quiera perpetuarse en el cargo. Dicho lo cual, todavía hay algunos que sirven para lo que fueron elegidos con sacrificio de tiempo y de ingresos; pero desgraciadamente podemos ver que los que desean perpetuarse en su puesto se dedican muchas veces a aburrir a los que dentro de su propio partido tienen vocación de servicio. Y esto desemboca en que los más brillantes abandonan pronto la vida política y vuelven a la vida civil, en la que encuentran más compensaciones.

La democracia posiblemente tiene que ser aburrida. En tiempos normales, un presidente de gobierno que al acabar una legislatura consiga que la ciudadanía no conozca el nombre del 50% de sus ministros sabe que tiene el pasaporte para ganar las próximas elecciones con mayoría absoluta. La gente no quiere ruidos. Y, si los hechos van razonablemente bien, las personas no desean cambiar. Pero en los tiempos de crisis, de cambios, todo el mundo necesita confiar en que el gobierno y oposición son capaces de liderar un nuevo proyecto. Lamentablemente, es entonces cuando todos nos percatamos de la falta de conocimientos y de calidad humana de los hombres que han sido elegidos para que nos representen.

Las listas cerradas constituyen un formato electoral que ayuda a los mediocres. Estamos votando a los aparatos de los partidos, y no a las personas que nos representan. Cuando se vota, la mayoría de los electores solo han mirado (y como mucho) quien es la cabeza de lista y, a veces, quien es el último.

Estamos acostumbrándonos a que los que estén en el poder nos hablen de un panorama de país que sólo existe en su imaginación, y que nos expliquen que los escasos errores que se cometen son responsabilidad de la oposición que se limita a decir que quiere gobernar sustituyendo a los que gobiernan.

Yo no sé si los españoles se merecen el Gobierno que tienen; desde luego, yo creo que no me merezco ni el gobierno ni la oposición que tengo.

Para mí es un ejemplo de lucidez y también de realidad.

Sin más comentarios.