Por Raúl Alonso

La entrada de Musgo en el concurso voluntario de acreedores pone nombre y apellidos de linaje empresarial a una práctica abocada al fracaso. No es este el único ejemplo de cadena que se sube a la tabla de salvación de la franquicia en una huida hacia delante que no hace sino prolongar  la agonía.

Reconozco como legítimo cualquier movimiento empresarial encaminado a devolver el proyecto a la senda de la rentabilidad, pero no deja de sorprenderme la ‘ingenuidad’ con que muchas empresas pretenden convertirse en franquiciadoras, casi de la noche a la mañana. Sin referirme necesariamente al ejemplo arriba citado y en conocimiento del cambio accionarial firmado, sorprende aún más el repentino interés que ciertas cadenas manifiestan sobre la franquicia, pasando de apóstatas a apóstoles del sistema con un discurso de igual vehemencia. Convertirse en una central de franquicia implica mucho más, un cambio total en la cultura empresarial asumido por toda la organización, un plan de actuación financiado y tiempo, entre otras.

Me cuestiono la transparencia de los objetivos con que algunas empresas de largo recorrido se acercan a la franquicia con esa premura. Captar fondos, acelerar el crecimiento y mejorar sus economías de escala son metas difícilmente alcanzables cuando el producto y el canal de comercialización se han quedado obsoletos.

Por cierto, larga vida a Musgo. Un concepto que aportó originalidad, buen gusto y diversión a las compras de los madrileños se merece mucho más.