Por Raúl Alonso

Hace no tantos meses me miré en El Callejón del Gato. El espejo me devolvió la imagen de un hombre alto, atlético, enérgico, de mirada segura… la mejor de las representaciones del éxito. Me asomé un poco más a su cóncava superficie para mirar más adentro. ¡Qué experiencia! Me descubrí saliendo de una casa de anuncio y montándome en el coche de mis sueños. La semana pasada, en una de las carreras en que termino por convertir cualquier paseo por Madrid, desvié mi recorrido para volver a El Callejón del Gato.

No sé la de usted pero mi vida viaja a diario en una montaña rusa, es como si me deslizara por una gráfica de la Bolsa de Madrid de los últimos días. Al igual que los valores que allí se negocian mi estado de ánimo cambia al albur de la noticia del día, la última ocurrencia del jefe, o la quinta llamada del teléfono. Esa continua sucesión de subidas y bajadas, túneles y rizos me tiene desconcertado.

La semana pasada cuando me enfrenté a los espejos de El Callejón del Gato me pasó una cosa increíble. La imagen que vi era la de un hombre generosamente alimentado, en sus primeros cuarenta y de cabellera cana. ¿Cómo era posible? Había llegado hasta allí para probar ese ejercicio tan español de la autocompasión, quería que esos históricos espejos continuaran haciendo lo que han hecho durante décadas y convirtieran mi tragedia en esperpento. Esa flagelación pública debía servir para purgar mis remordimientos. Pero hasta eso me negaban.

No había forma. Probé de perfil, de costado, pero ese espejo de silueta sinuosa se había confabulado contra mis intereses. Cuando los viandantes empezaron a observarme con extrañeza continué mi camino, no fuera que descubrieran mi secreto.

Como a mí, tengo la sensación de que esta crisis nos está devolviendo la imagen de la España más real. Una España de birlibirloque, en la que sólo se hace oír el que más grita, en lo que el conocimiento cotiza a la baja y la improvisación se convierte en el salvavidas de muchos proyectos. Una España humilde que vuelve –como en los últimos 400 años– a mirar con envidia a sus vecinos europeos del norte, eternamente enfrentada y en donde la picaresca es la más efectiva técnica de escalada social.

Pero el reflejo muestra otras realidades más añoradas. La del esfuerzo y el sacrifico con que tantas veces se ha levantado el país, la de la creatividad, la del orgullo por una historia común, la del ahorro. Incluso muestra nuevos valores como los de las multinacionales (grandes y pequeñas), la investigación, el diseño, la universidad y la información, su pujante idioma, el turismo, las energías renovables, la cultura, el urbanismo.

La noticia del blindaje del euro puede marcar ese punto de inflexión que este país no es capaz de trazar por sí sólo. El debate europeo nos devuelve a la realidad de nuestras grandezas y miserias y debe servir de arranque de una nueva forma para hacer las cosas de siempre con los nuevos medios que el camino de la modernidad nos ha dotado. También en la franquicia. No es hora de buscar culpables: todos –cada uno desde su realidad y con sus legítimas aspiraciones– debemos contribuir.