En el último año todos hemos hechos méritos para que la competitividad española descienda nueve puestos y se consolide en el vagón de cola de las llamadas economías desarrolladas. Las estadísticas son rotundas, ocupamos el puesto número 42 por detrás de países como Puerto Rico o Chipre. Sí, ya sé que está muy feo eso de comparar, pero estarán de acuerdo en que cuesta reconocer que después de toda una vida devanándose sesos y codos en el puesto de trabajo, el reconocimiento se cifre en esa mediocre posición.

Tras unos segundos de razonable duda, he decidido no reconocerme en la estadística y recurrir a esa tradición tan patria que es ver la paja en el ojo ajeno…

Inesperadamente, mi fiscalizadora mirada me ha llevado hasta las idílicas poblaciones que este mes de agosto he visitado en la Costa Brava y a un comentario realizado por uno de mis acompañantes. Aquel inocente pensamiento, que ahora debidamente retorcido nos va a servir para visualizar el problema de la competitividad española, hacía mención a la pobre oferta comercial con la que en estas experimentadas tierras turísticas se tienta al viajero, muy centradas en la moda india, souvenirs chinos y cubos y palas con la omnipresente Hello Kitty. Al final, la única oferta diferencial se centra en los amantes de la gastronomía o la cerámica, y no con una variada oferta.

La situación resulta más lacerante cuando se recuerda que no muchos meses antes habíamos visitado el bellísimo Valle del Dordoña, quedando sorprendidos por una situación completamente opuesta: y es que detrás de cada una de sus bellísimas fachadas góticas se encontraba una personal oferta comercial. Más aún, detrás de sus charcuterías de pato y oca, de sus tiendas de cosmética a base de aceites de nuez y trufa, de sus sofisticadas cererías o cacharrerías había pequeñas industrias que apostaban de forma muy variada por la transformación de sus productos autóctonos.

No se trata de cuestionar el innegable arrojo emprendedor del pueblo catalán, pero resulta revelador que la industria comercial que se nutre de los cientos de miles de turistas que cada año acuden a visitar su atractiva costa y bien cuidados pueblos encuentre sus mejores aliados en la impersonal oferta del canal multiprecio, haciendo oídos sordos a las oportunidades que presentan su rica tierra y sus centenarias tradiciones.

Es sólo una llamada a la reflexión y es que quizá algo no se está haciendo bien en este país. Quizá deberíamos hablar menos de competitividad y más de emprendimiento, unos emprendedores que llevan vida y riqueza ahí donde están. Se debe fomentar ese espíritu desde las bases mismas de nuestro sistema, la familia y la educación. Por eso mismo se debe recibir como una buena noticia iniciativas como el Plan de Fomento de la Cultura Emprendedora en el Sistema Educativo Público de Andalucía o Emprender en mi escuela en la cuenca del Nalón.
Dejando de mirar la paja en el ojo ajeno y reconociendo la viga en el propio, sí  cambiaremos el futuro de nuestro país.